El B20 regresa a la jaula por un rato
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó esa tarde a la Fundación Loros como llega siempre: con los ojos puestos en todo antes de empezar su ronda de alimentación. Fue así como lo vio. El pionus B20 —un loro cabeciazul arisco, de los que nunca se dejan acercar— estaba quieto en una rama de matarratón, con el plumaje encapotado y una pasividad que no era la suya. Omar se acercó, y el ave no huyó. Eso lo dijo todo.
Lo capturó con una toalla, lo llevó a la sala y encontró las huellas de lo que había pasado: en el ala derecha, marcas de un depredador que intentó atraparlo y no pudo; en la izquierda, dos cañones de vuelo ausentes. Con esas alas, el B20 no podía sostenerse en el aire más de dos metros. Lo pesó —378 gramos—, documentó las lesiones con fotos y videos, y lo reingresó a una jaula con frutas frescas, agua y ramas. Luego le avisó al jefe Alejandro y al compañero Carlos para dejar todo en regla.
El B20 ya había conocido la libertad. La conocerá de nuevo cuando las plumas crezcan y las alas vuelvan a ser suyas. Por ahora, la jaula es refugio, no condena.