Capuchino de campo, directo de la vaca
Antes de que el sol terminara de asomarse sobre los árboles de la finca Los Guardianes, Nilson ya estaba en el corral con las manos en la ubre. La leche cayó tibia y espumosa en el recipiente metálico, mientras las buganvilias fucsia y naranja que bordean las vallas todavía guardaban el fresco de la madrugada. El cielo se abría en tonos anaranjados y azules sobre los potreros, y los bovinos descansaban quietos bajo el techo de la estructura, ajenos al amanecer que los enmarcaba.
Angélica Cecilia Mármol Venegas tomó esa leche recién ordeñada, la combinó con café hecho al momento, y el resultado fue lo que ella misma llamó un capuchino de campo — directo de la vaca al vaso, sin intermediarios ni distancias. Un sorbo largo, el pulgar arriba, y el día empezó.
Eso es lo cotidiano en el Santuario de la Fundación Loros: el trabajo de conservación que convive con el ordeño de las cinco de la mañana, con las flores silvestres que nadie sembró cerca del corral, con el camino de tierra que se pierde entre la vegetación mientras el campo despierta despacio.