La guacamaya que espera a Omar en el camino
Esa mañana, Omar Enrique Berdugo Cabeza hacía su ronda habitual de alimentación cuando notó que no estaba solo. La guacamaya B29 lo seguía de árbol en árbol —uvita, almendro, mango— como si su presencia fuera parte del recorrido. Mientras el ave picoteaba con calma las almendras maduras, un enjambre de abejas africanas cruzó el aire y se instaló en uno de los nidos que los loros B11 y B12 venían explorando. Esos dos nunca han elegido un solo nido: los visitan en rotación entre tres, sin asentarse en ninguno. Ese día, el nido estaba vacío y despejado, y las abejas lo tomaron sin aviso.
Pero lo que más le quedó a Omar fue otra cosa. Cuando él se dirige al pueblo, la B29 lo espera perchada en un árbol al borde del camino, como si supiera que va a pasar. Y cuando Omar regresa a la Fundación, ella ya está ahí. No es casualidad ni hambre: es reconocimiento. Durante toda la jornada, lo siguió de jaula en jaula mientras repartía el alimento. Omar lo dice con sencillez: cuando uno trata a las aves con amor, ellas aprenden quién es uno.