Betoven, la pena y el carpintero
Cada mañana el quiosco de bienvenida de la Fundación Loros se llena de cuchillos sobre tablas, risas entre el equipo y el olor dulce de la fruta recién picada. Es el ritual que abre el día: preparar los alimentos para las aves mientras la conversación va y viene sin apuro, como el calor que ya llega temprano por estas tierras.
Después tocó turno al aviario número 2, donde Betoven, loro amazónico de cabeza amarilla con su etiqueta verde número 15, protagonizó la escena del día. Omar y el equipo lo encontraron en plena sicalación con otro individuo de su especie — ese baile de acercamientos y esquives que los loros ejecutan cuando algo entre ellos empieza a moverse. Al darse cuenta de que los observaban, a los dos loros les dio pena, y el momento quedó suspendido en el aire como queda el rocío en la malla del aviario.
Ya de regreso, en un árbol de caucho cerca de las instalaciones, un carpintero trabajaba sin testigos — o eso creía. Lo escucharon antes de verlo: ese golpeteo seco y constante contra la madera que es su forma de ganarse el almuerzo. Perforar, escuchar, seguir. Una rutina tan firme como la del equipo en el quiosco, pero en otro idioma.