Agua fría en plumas calientes
La tarde del 28 de febrero caía pesada sobre la Fundación Loros cuando Omar Enrique Berdugo Cabeza terminó su ronda de alimentación y notó que los loros del aviario 2 ya no aguantaban más el calor. Fue a buscar la manguera, abrió el chorro y dejó que el agua fría cayera sobre las plumas. Lo que vino después fue pura alegría: las aves se abrieron al agua, la buscaron, la celebraron con ese alboroto inconfundible que tienen los loros cuando algo les gusta de verdad.
Más tarde, en el aviario 4, el que el equipo conoce como el bosquecito, una guacamaya tenía sus propios planes. Se balanceaba de una rama a otra, de un lado al otro, con una cadencia tan tranquila y repetida que Omar no pudo evitar el paralelo: era como un niño en un columpio, sin apuro, sin propósito más que el placer del movimiento. A veces el campo regala escenas así, sin aviso y sin necesidad de explicación.