Las guacamayas que encontraron su refugio
Omar Enrique Berdugo Cabeza estaba solo esa tarde en el santuario cuando las vio llegar. Dos guacamayas mayas —las del punto de liberación B126 y B31— descendieron primero sobre un mamón, esas ramas anchas y generosas que tanto les gustan, antes de moverse hacia el refugio que el equipo construyó especialmente para ellas. Allí se quedaron un rato, cómodas, con esa calma que los loros muestran cuando un lugar ya les pertenece.
No fueron las únicas en animarse. Cerca del comedero, dos cotorritas pequeñas se acercaron a ver qué había, ajenas a la presencia de Omar, que registraba todo en video sin moverse. A su alrededor, la vegetación tropical apretaba por todos lados: árboles grandes, arbustos, matas de plátano, y en medio de ese verde espeso, los restos de una vieja cancha de baloncesto que el monte lleva años reclamando sin prisa pero sin pausa. Ese arco metálico medio engullido por la maleza dice, mejor que cualquier cifra, cuánto ha avanzado la recuperación del hábitat en esta parte de la reserva.