La pomarosa que alimenta a los que aún aprenden a volar
En la reserva hay un árbol que trabaja sin descanso. Nilson lo encontró cargado hasta los topes: frutos rojos y brillantes de pomarosa —o perita, como la llaman por aquí— apretados entre un follaje denso que casi no deja ver el cielo. El tronco, robusto y de corteza grisácea, sostiene una copa tan generosa que parece no conocer la escasez.
El árbol no pasa desapercibido. Las ardillas lo frecuentan, y los loros silvestres también se dan cita entre sus ramas. Pero hay algo más: los frutos que caen o se recogen de ese árbol terminan en los comederos de la Fundación, como alimento para los loros que todavía están en rehabilitación —esos que aún no saben bien qué hacer con la libertad que se les viene encima.
Fue Nilson quien hizo la presentación oficial, fruto rojo en mano, como quien muestra algo de lo que vale la pena estar orgulloso. Y tenía razón.